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¿Y qué si me gusta perder el tiempo?

Ilustrado por Daniela Tobón @Mariapepa10

Me demoré cinco eternidades antes de sentarme a escribir, y gozar dejando desplegar los pensamientos en letras, porque me dediqué a perder el tiempo. Porque quizá ese sea el martirio -el delirio- más grande en mis días, porque nada hago con más frecuencia que dedicarme a “nada”.

 

Disfruto de echarme en la cama con el despropósito de dejar pasar los minutos… las horas… ¡los días!, mientras encuentro vetas en la madera del techo, mientras me encuentro un lunar nuevo, una ronchita intrépida o un vellito atrevido que se le escapó a la cuchilla la última vez. Me sumo en los pensamientos más sórdidos y desprevenidos… Me derrito frente a la pantalla del celular navegando infinitamente en ese mundo paralelo de las redes sociales… Me la paso en existencialismos, desarrollo teorías sobre el comportamiento humano y otras veces observo con negligencia el desorden de la pieza acumulado en la semana, y antes de disponerme a arreglar lo miro con detenimiento, como queriendo mover los objetos con la mente (esa es la influencias de perderse en las series, uno quisiera poder tener superpoderes como Eleven)… y así, de tanto en tanto, experimento cómo se esfuma el tiempo en “nada”.

 

La procrastinación (del latín procrastinare: pro, adelante, y crastinus, referente al futuro), según Wikipedia: “la acción o hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables”, se coló en mi vida y llegó directo a la cima: la de los placeres y los padecimientos. Yo no sé si esto solo me pasa a mí, pero se ha vuelto rutina hacer cuanta pequeñez se me atraviese con tal de no hacer lo que necesito, lo que debo, lo que está en cola, porque así sufra, parece que inminentemente disfruto con masoquismo dejar pasar el tiempo .


 

Mis domingos, por ejemplo, más o menos hasta las 6 p.m. están dedicados al placer de hacer locha. Procuro un día sin urgencias inminentes que me hagan despertar con alarma. Dejo al sueño extenderse hasta que mi cuerpo así lo quiera, y cuando se abren los ojos al final de la mañana disfruto de quedarme en las cobijas, en un arrunchis conmigo misma (o si estoy de buenas con un bizcocho), escuchando musiquita, leyendo por ocio y mirando para el techo hasta cuando ruja el estómago con el olor a desayuno de mi mamá.

 

Tener un día en la semana que sea como un mantra para uno mismo, es esencial. Por eso me regalo los domingos. Algunos para ser una marrana: no bañarme, no lavarme los dientes, quedarme en pijama todo el día, con el pelo despelucado en bollo, carijuagada -haciéndole un regalito a la piel-, comiendo mecato, viendo series y películas, o chismoseando en internet. Otros para consentirme: por alguna extraña razón muchos de mis domingos los paso sola en la casa entonces los declaré ‘días del exhibicionismo’: me dedico a caminar en ropa interior con alguna lista de reproducción acorde a mi estado de ánimo retumbando a todo taco en el apartamento. Me ducho con la puerta del baño abierta, salgo desnuda a bailar por la casa, me meto a las cobijas con el pelo mojado y una mascarilla, me echo cremitas… relajada, dedicada a los pequeños placeres no utilitaristas por los que nos enseñan a sufrir porque se traducen en… perder el tiempo.

 

 

> Escrito por Lola Lunática

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