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10 años de ser mujer

#10yearschallenge de la mujer

10 años de ser mujer
#TenYearsChallenge

Ilustración por María Toro

Me tocó nacer con lolas, pero antes de que se me caigan, decidí ponérmelas bien puestas.

Agosto, 2009

“¿Por qué tienes las piernas así de peludas? Deberías afeitarte, se ve horrible.” Me dice el chico alto y delgado de mi clase, uno de los más populares del año. Bajo inmediatamente la mirada a mis piernas, velludas gracias a mis 11 inocentes años, y pienso que eso nunca antes me había generado inseguridad… hasta ese momento.

 

Junio, 2012

“Hay sitios donde te puedes mandar a quitar ese bigote mexicano”. Lo oigo decir, ese chico está parado frente a mí y me muestra su mejor expresión de asco. Bigote mexicano, repito para mí misma. Antes de que hubieran pasado 5 minutos, me encontraba en el baño acercándome cada vez un poco más al espejo hasta que entre él y mi cara había apenas unos escasos milímetros y, entonces, lo vi. El bigote mexicano de pelos rubios apenas imperceptibles, me miraba de regreso.

 

“Hola, mi nombre es Hillary. Te hago una consulta, me quiero hacer la brasilera”, fueron mis palabras cuando descubrí un nuevo significado de dolor, a lo que la chica respondió: “Claro, pasa por acá, te va a doler un poquito pero pasa rápido”. Rápido. Tan rápido como pasan los segundos cuando intentas llegar a la media hora trotando en la caminadora. Así de rápido.

 

Noviembre, 2014.

“Te voy a tener que arreglar esas cejas porque la verdad, arruinan mi maquillaje” dice el maquillador gay. Me niego. Nunca nadie me ha tocado las cejas y no quiero. Me niego. Me rehúso. Mi respuesta es no. “Imaginate, mi maquillaje hermoso y tus cejas todas sin formas, con pelos por todos lados, qué horror.” Accedo. Desisto. Me dejé sacar las cejas. Peor aún, me dejé sacar las cejas según la forma que él necesitaba para su maquillaje.

 

Abril, 2017

Piernas velludas de hombre, fuera. Bigote mexicano, fuera. Monte de venus poblado como el Amazonas, fuera. Cejas, con forma y depiladas. Listo. Todo en orden. Presión social 1 – Hillary 0.

 

Septiembre, 2017

“De seguro tienes el periodo y por estás así de histérica” dice mi –gracias a todos los santos– ex novio. Histérica. Sí, quizás mis hormonas reaccionan ante su escasa sinopsis neuronal. Mis hormonas no tienen nada que ver con su estupidez.

 

Enero, 2019

“Yo la verdad no entiendo por qué ustedes las mujeres se preocupan tanto por la imagen, por los vellos, por lo que piensen. Si le crece vellos en ese lugar es por algo, déjenlos quietos.” Dice mi novio. Respiro tan hondo que me da miedo dejar sin oxígeno al resto del planeta. “La verdad, yo tampoco” contesto.

 

Enero, 2019. Ese mismo día, pero más a la noche, más en silencio, más conmigo misma

Acepto que me tocó nacer con Lolas y, que si no me las pongo bien puestas, la sociedad me las pone en donde quiera, en donde mejor complazca, en donde llamen más la atención. Sentada en el sofá de la sala mientras mi novio dormía plácidamente, me senté un rato a hablarme, a escucharme, y a la niña de 11 años de las piernas peludas, le pedí disculpas.

 

Querida yo, te pido disculpas por cada vez que te empujé a seguir un ideal de belleza que no entendías y mucho menos, compartías. Eres bella así como eres, única como tú y eso hay que festejarlo. Te pido disculpas por no defenderte, por no respetarte, por no escucharte y por no quererte lo suficiente.

 

Te agradezco por esperarme, con tanto amor, a que abriera los ojos. Te pido disculpas por dudar de ti, de tu opinión, de lo que sentías. No, no eres loca ni histérica, y mucho menos, bipolar.

 

Está bien que cambies de idea, que no todos los días tengas ganas de saltar de felicidad, que no siempre estés de humor para tolerar las mismas bromas, que no siempre quieras mimos, besos, o incluso, coger.

 

Te pido disculpas porque tu manera de pensar y las bases en las que crees, son igual de importantes que las de cualquier otro, merecen ser oídas, defendidas a capa y espada, y apoyadas. Pero no, no te identifiques, cualquier verdad que valga la pena de defender, tiene la posibilidad de cambiar en el tiempo. Te pido disculpas por todas las veces que te miré con asco y con odio. La celulitis, las estrías, los rollitos, las cicatrices, los granitos, los poros abiertos, no tienen la culpa.

 

Te pido disculpas cada vez que te dijeron: “Uy, te veo más gordita”, y me quedé callada. No, no estás gorda, estás llena de amor, tanto amor que tienes hasta para dar. Te pido disculpas por todas las veces que te planchaste el cabello porque el liso se veía más bonito y más manejable, pero gracias por permitirme conocer mis rulos, aceptarlos con sus curvas, con sus ganas de ser libre acompañando al viento, y que no les importe apuntar en cualquier dirección. Así deberías de ser tú.

 

Te pido disculpas por cada vez que criticaste a una mujer, quizás en ese momento no entendías muy bien lo que significa lidiar con la sociedad, antes que con uno mismo. El tiempo te hizo entender que no se trata de que las mujeres hagan alianzas y se apoyen, se trata de que se tomen un momento, un descanso de la lucha de las antecesoras y se conozcan, se respeten y se cuiden, se den todos los días que necesiten para saber a qué le temen, qué les hace fuerte, qué las hace luchar, y cuando aprendan eso, no va a haber necesidad de formar ningún equipo porque ya hacen parte de uno.

 

No van a criticar a ninguna chica que esté pasada de kilos ya que entienden lo difícil que es la lucha contra ese chocolatito que te guiña el ojo y te dice “cómeme”, porque no van a criticar a ninguna chica por andar con muchos manes porque entienden lo que implica descubrir nuestra sexualidad, los gustos, los sabores, las pieles, hasta llegar a entender que una cosa es sentirse libre y otra muy diferente es denigrarse, de rodillas, ante la libertad.

 

Entenderán que el valor no lo define una talla, una profesión, el número de calorías quemadas al día, la cantidad de orgasmos que alcanzas sola o en compañía, el número de emprendimientos que fracasaron antes de que tuvieras éxito y le perderán miedo a verse en el espejo.

 

Te pido disculpas por cada “no” que callaste, por cada “sí” forzado y por cumplir, por cada silencio doloroso e inquebrantable, y te pido perdón, sobre todo, por cada lágrima que valió entender que los lutos se tienen durante el tiempo necesario, que si es un día y al día siguiente te levantas a comerte el mundo, bien, pero si es una semana, un mes, un año, también está bien.

 

Me tocó nacer con lolas, pero antes de que se me caigan, decidí ponérmelas bien puestas.

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