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¿Qué sería de la vida sin drama?

Ilustración de Allá Ella www.allaella.com

Sería algo parecido a una pizza en masa de quinoa con queso de almendras, por supuesto vegetariana y sin Coca-Cola. O como una hamburguesa de esas “light” que, en vez de pan, sirven con tapas de lechuga (hagan la cara que quieran, este despropósito no solo existe sino que lo venden). Lo que intento decir es que la vida sin drama sería quizás más sana “aparentemente”, pero eso sí, ¡INSÍPIDA! ¡ABSURDA! ¡ABURRIDA! ¡FOFA! Es que el drama es ese saborcito que todo lo mejora, ese ingrediente que sabemos que nos engorda con solo olerlo, pero igual le hacemos; ese picante que arde, pero ¡sabe bueno!

 

El drama es como un lente que todo lo magnifica y colorea con intensidad, es esa música a todo taco como banda sonora de nuestros mejores y peores momentos. Yo soy “team drama”. Así nací, así crecí y así moriré. Y con estas líneas solo pretendo hacerle justicia a ese matiz de la vida al que algunos aburridos le han hecho tan mala fama; darle crédito a uno de los aspectos más divertidos que tenemos los seres humanos y que a las mujeres se nos da con una gracia maravillosa.

 


Para lograr mi cometido bien podría quedarme acá argumentado por horas y horas, pero me parece más sabroso proponerles un juego en el que deban poner en práctica dos de las herramientas claves para un actor: la memoria emotiva y la imaginación. Vamos a viajar al pasado y vamos a modificarlo. Para esto, nos tele transportaremos al momento más dramático de nuestra vida. (Si comenzamos a sentir un tris de oso ajeno es que vamos por buen camino). Una buena elección sería esa vez que, literalmente, nos arrodillamos llorando a mares, intentando que “ese alguien” no nos dejara. O cuando nos agarramos del pelo con alguna hermana porque se puso nuestros jeans preferidos sin permiso, o cuando le lloramos al chupa de turno que no nos multara y le juramos que nunca vimos el “prohibido parquear” del frente. En fin, recuerdos es lo que hay y para este momento ya debieron empezar a brotar con mucha facilidad, pero ojo, editen y escojan su top 3.

 

Ahora bien, como dicta aquel viejo refrán: “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” ¿verdad? Así que vamos a intentar reconstruir alguno de esos recuerdos dejando por fuera cualquier asomo de drama. Así es, vamos a imaginarnos las escenas adornadas con nada distinto a nuestra compostura y armonía. Vamos a suplantar los gritos desgarradores por silencios y ese “saber escuchar” tan escaso a veces. Vamos a modificar nuestras caras descompuestas por una sonrisa apacible. Si en la situación original, cuando el otro intentaba salir por esa puerta nosotros lo evitamos a toda costa (halándolo de la camisa o de la corbata, por ej.) esta vez vamos a dejar que se vaya; no solo eso, le vamos a acomodar la corbata con cariño, le vamos a quitar una mota de la camisa y luego le vamos a abrir la puerta. Y a nuestra hermana, en vez de usar los peores adjetivos calificativos para con ella, le vamos a regalar los jeans, no sin antes tomarle una foto de su pinta para Instagram. Y al policía, en vez de rogarle de manera patética que nos perdone la infracción, le vamos a pasar rápidamente nuestros papeles diciéndole que tiene toda la razón y que si considera que debemos asistir a un curso con gusto lo haremos.

 

¿Ya? ¿qué tal? ¿lo lograron? ¿qué sienten? ¿qué notan? Es factible que en un principio sientan un fresquito al encarnar a Sor Teresa de Calcuta. Incluso es normal que hasta sientan que tal comportamiento los dejó mejor parqueados, sintiéndose mejores personas y menos humillados. Pero ¿y luego qué? mucho glamour y todo, pero ¿y la diversión qué? ¿dónde están las carcajadas? ¿dónde quedan los sentimientos a flor de piel? ¿dónde queda esa locura de sentir que nos estamos jugando la vida? Como se pueden dar cuenta, una anécdota sin drama se torna perfectamente insulsa. De hecho, deja automáticamente de ser una anécdota digna de ser contada. Como ese cupcake de colores pastel tan perfectico que no dan ganas de comérselo. En lo que a mí respecta, mi falta de drama no solo me pareció más aburrido que bailar con la tía, sino que me dejó un balance bien negativo: me quedé sin novio, sin jeans y menos 322.000 pesos en mi cuenta.

 

Y si aún así usted persiste en sacar el drama de su vida, solo recuerde una cosa:

“EL QUE NO LLORA, NO MAMA”

 

> Autora: Manuela González @Lamuelagonzalez

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