Escrito por Luisa Robledo

No pensé que fuera a hacer esto. Escribir sobre lo que a duras penas era capaz de hablar sin que me temblara la voz. Sobre algo tan mío y tan de mi corazón. Y ese algo es qué pasa cuando terminas con tu novio que era tu mejor amigo. Me explico: no con el novio que se convirtió en mejor amigo, sino con el mejor amigo que se convirtió en novio. ¿Se puede sobrevivir a esa terminada múltiple? ¿Qué pasa cuando se pierden dos personas al tiempo? ¿Puede recuperarse, el amigo? Yo puedo responder a esas preguntas. Aunque hacerlo me tome 1.700 caracteres, y un par de horas; pero haberlo vivido…un tanto más.

 

Esa era la causa de mi soledad: no una soledad real, sino una soledad creada por mí, arraigada en la creencia de que sin él se me acababa el mundo.

En alguna parte de mi duelo, escribí que perder a un amigo es perderse a uno mismo. Es perder la parte de uno mismo que uno más quiere. O así se siente. Y hoy lo sigo sintiendo. Esa pérdida, esa parte de uno que ya no está, aunque hoy sepa que esa parte no era lo que más quería, pero así me lo hacía creer el corazón.

El novio se fue, pero es que los novios se van todo el tiempo. Y en el caso de los novios, y las rupturas correspondientes, las mujeres tendemos a hacer el duelo antes de que una relación termine. Uno ya sabe que se está jodiendo la cosa y, sin que el otro lo sepa o a veces sabiéndolo, va sufriendo lo que aún no ha llegado. Va anticipando la separación, y el corazón se va entrenando en sentir esa ausencia que todavía no existe -físicamente-. Porque seguimos juntos, pero con una distancia forjándose entre dos corazones que se quieren pero no pueden convivir más.

Ese es el duelo anticipado o aflicción anticipatoria, que se define como, y cito, “el período de tiempo durante el cual -y ante una muerte esperada o que parece altamente probable- el individuo experimenta una serie de sentimientos y emociones semejantes a una aflicción real pero de menor intensidad, como una forma de preparar intelectualmente el duelo real y disminuir así el impacto de la pérdida”, tal como lo explica el Doctor Jaime Sanz Ortiz, Jefe de Oncología Médica del Hospital Marqués de Valdecilla (España), refiriéndose al duelo por muerte de una pareja, que, a grandes rasgos, termina siendo muy similar al duelo por separación.  

Así que perder al novio, fue duro. Pero en mi caso, yo ya estaba preparada para su muerte (o pérdida). Pero, ¿perder al amigo? Esa posibilidad no cabía en mi mente, así que nunca me preparé. Tenía la idea romántica de que al terminar nuestra relación amorosa la vida iba a ser lo suficiente generosa para permitirnos seguir siendo amigos. Mejores amigos, si no era mucho pedir. Pero gran parte de las veces – si no todas – los aprendizajes no vienen en forma de generosidad, no se visten de color rosa ni tienen olor a girasol. Tienen sabor a soledad. Tienen cara de tumba, y saludan dejándote sin respiración. O así fue para mí.

Me vi sin novio y sin mejor amigo. Un mejor amigo que había ocupado esa categoría desde que éramos adolescentes en el colegio, y hasta que dejamos de serlo. Siete años, de una amistad incondicional. Sin pies ni cabeza, porque no tenía comienzo ni fin. Un día, con solo vernos, supimos que no podríamos vivir el uno sin el otro, sin saber muy bien por qué, para luego darnos cuenta de que no sería el caso. De que íbamos a poder vivir separados, porque en algún momento ya dejaríamos de ser amigos, para ser novios, y luego dejar de ser novios, para terminar una amistad. Así estaba en las cartas, pero a mí nunca nadie me las dejó ver.

Así que perdí a dos personas, anhelando con todas las fuerzas de mi corazón recuperar a la primera. Perdí esa parte mía que más quería, porque era tanto el dolor, era tan grande el abismo de esa soledad que nunca había sentido, que sentí que él se había llevado consigo todo lo mejor de mí.

Pero eso no es cierto. Porque aquí estoy, más completa que cuando aún lo tenía (como si pudiéramos tener a las personas…). Y después de muchas lágrimas, mucha rabia, mucho vacío de ese que se siente tan pesado que asfixia, me di cuenta de que perdí a dos personas al tiempo, estando preparada para tener un ex-novio pero no un ex-mejor amigo, pero que incluso sin preparación, sin duelo anticipado, iba a morirme para darme cuenta de que no estaba muerta.

Tras intentar ser amigos de nuevo, sin lograrlo, llegó esa muerte definitiva (pero temporal). Apareció ese diálogo en mi mente que me decía “puta, ya sí estoy putamente sola”. Y es ahí donde surgió la pregunta de: ¿se puede ser amigo de un ex-novio?, que respondo desde lo que la vida me ha permitido vivir: NO. No se puede ser amigo de un ex-novio cuando ya fueron uno y ahora deben ser de nuevo dos. Él y yo no podíamos ser amigos tras experimentar la cercanía de una relación de pareja, sabiendo que no era posible tenerla, porque sacaba lo peor de los dos. Lo intentamos, pretendimos que todo bien, pero el dolor por la distancia sentimental que se genera entre dos ex-novios es muy grande para permitirle a esa relación de amigos prosperar.

Que una persona que querías tanto adquiera la connotación de ex, lo sitúa inmediatamente en el pasado: un pasado doloroso, emocional, íntimo. Y volver a él sin verdaderamente estarlo, es como decirle al corazón: se pueden tener pero a medias. Y el corazón no entiende mucho de mitades. No sé, tal vez esto no tenga sentido para las Lolas que han podido ser amigas de sus ex, pero puede tenerlo para las que no. Para las que, como yo, se han visto frente a una negativa rotunda de la vida, clara en su postura de que: o uno se tira con toda al fondo del mar, pero no con mitad del cuerpo adentro y mitad afuera. O todo o nada. O todo, que duele, o nada, que duele aún más.

Así que nos morimos. La relación, él para mí, yo para él, yo para mí. Y tras superar esa muerte -la mía, y la de mi amigo, y la mía sin él- es cuando me di cuenta de que seguía viva. De que se fue él, pero permanecía yo. Recordé mucho en ese momento, una entrevista de Brandon Stanton, creador de Humans of New York, a Shirley Hyman, en que esta le contaba que cuando su esposo se estaba muriendo, le preguntó: “Moe, ¿cómo se supone que voy a vivir sin ti?” a lo que él le respondió “toma el amor que sientes por mí, y repártelo a tu alrededor”.

A veces necesitamos esas muertes para ver qué parte de nosotros le estábamos reservando a esa persona que perdimos. Yo me había reservado completa para él. Mi compañía, mi interés, mi amor, eran de su propiedad. No porque él me lo exigiera, pero porque me había convencido de que él era la única persona digna de recibirlas, la única persona con la que me interesaba compartir lo que era -yo-, la única persona destinataria de mi amor. Esa era la causa de mi soledad: no una soledad real, sino una soledad creada por mí, arraigada en la creencia de que sin él se me acababa el mundo. Si él existía dentro de mi vida, aunque fuera a medias, se podía desplomar la tierra, porque a mí me daba igual. Saberlo parte de mi vida, era lo único que me importaba. Mi amor no era para nadie más. Y nadie más podía entregarme su amor.

Y su muerte, y la mía con él, fue la que me permitió darme cuenta de que esa era mi oportunidad para volver a mí, y para volver a los demás, que hacían parte de mi vida sin poder serlo del todo, por mi negativa a recibirlos y por mi negativa a entregarme a ellos. Me dediqué a tomar el amor que sentía por él, y a repartirlo a mi alrededor. No de inmediato, pero tras sentir la negación, la rabia, la tristeza, y finalmente la aceptación (Modelo Kübler-Ross del proceso del duelo, en que falta la negociación, que vino antes, cuando intentamos eso de estar a medias, sin lograrlo). Y tras ese duelo, yo empecé a ver a quienes me rodeaban, como lo que eran: personas que me amaban y a las que yo amaba devuelta.

Y me di cuenta que es mierda eso de que perder a un amigo es perder la parte de uno mismo que uno más quiere, porque yo perdí la parte que más quería de él, pero no la parte que más quería mía, porque esa solo la tengo yo. Perdemos mejores amigos, se van con ellos los momentos que ya eran de dos, desaparecen las llamadas, las enviadas de memes, las contadas de lo mejor de nuestro día, la incondicionalidad de la amistad que desaparece con el apego en pareja, pero, a veces -muchas veces- nos recuperamos a nosotros.

Y bueno, se puede sobrevivir a una terminada múltiple, porque yo soy testimonio de que aunque muerta, volví a nacer y acá estoy: viva. En realidad nunca me morí, se murió esa parte mía que creía que era, esa parte de mí que dependía de una persona para vivir. Esa parte que tenía un único receptor de su amor. La que depósito ese amor en una persona que no era ella, principal error.

Cuando se pierden dos personas al mismo tiempo, sentimos que perdemos mucho, pero tan increíble como pueda parecer en medio de ese duelo aparentemente sin fin, ganamos mucho más. Ganamos de vuelta a las personas que ya estaban ahí, aunque no las viéramos. Ganamos la certeza de que vamos a poder con lo que la vida nos presente. Grande, chiquito, duro, durísimo. Y lo más importante, que nunca debimos haberlo perdido para empezar: nos ganamos de vuelta a nosotras.