Escrito por Juliana Londoño

Alguna vez se han preguntado, ¿cuál personaje famoso les gustaría conocer? Yo soñaba cenando con Rihanna o Emma Watson, dos mujeres de las que sabía que aprendería por su carácter e impacto. Sin embargo, fue encontrarme inesperadamente a otra celebridad la que cambió mi forma de pensar.

Hoy les voy a contar la historia del día que fui a la casa de Maluma, bueno, más bien a la de Juan Luis, pues esa fue la forma modesta que escogió para presentarse, a la que yo le seguí la corriente como si en mi playlist no estuviera su nombre unas cien veces.

Ahora muchas se pueden estar preguntando, ¿cómo hice para llegar hasta allá? Todo empezó con una llamada inocente de mi prima diciendo: “te recojo en 15 minutos, vamos para la casa de Maluma con unos amigos”. Uno de ellos, cercano a Juan Luis, la había invitado y yo fui la escogida como amiga de respaldo.

Cuando llegamos nos encontramos con lo que parecía un set de video de reggaetón, había Ferraris parqueados, guardaespaldas y una casa llena de premios, pasillos iluminados y ventanales altos. Con este escenario pensé que iba a ser una noche divertida, pero no trascendente; sin embargo, les confieso que, aunque se sorprendan y les suene extraño, hoy agradezco a la vida por haberme permitido conocer a Juan Luis antes que a Rihanna o a Emma Watson.

El “Dirty boy” nació y estudió en un colegio de Medellín, yo también; muchos años jugó fútbol en el equipo Atlético Nacional, yo también; incluso tenemos uno que otro amigo compartido y hasta el mismo apellido. Tranquilas, no somos gemelos perdidos, pero tanta “cercanía” y similitudes en lugar de nacimiento, oportunidades y circunstancias me ayudó a cuestionarme qué era entonces lo que diferenciaba nuestros rumbos, algo que tal vez nunca me hubiera preguntado si hubiera conocido a alguna de las mujeres “inalcanzables” con las que empiezo este relato.

No voy a descartar que puede ser más “fácil” que Eva Luna se convirtiera en cantante reconocida siendo la hija de Montaner o el hijo de Borges en un escritor aclamado, sin embargo, el artista antioqueño me ha hecho consciente de que limitarme a explicar el éxito solo por la herencia o circunstancias extraordinarias es una excusa paralizante.

Quedarnos con esos pensamientos de que el destino se debe “a la suerte con la que nacieron otros en realidades inalcanzables”, es quedarnos en un mundo que consideramos viable, predecible y poco desafiante. Cuando evaluamos otras historias de vida podemos darnos cuenta de que tal vez lo que más diferencia a una persona que cumple sus sueños de una que no lo hace, es que la primera se atreve a soñar en grande y a creer que para él o ella eso que sueña es lograble.

“De nada sirven nuestras capacidades si no creemos y creamos mundos donde somos capaces."

Esto me hizo recordar una anécdota de cuando estaba en octavo de bachillerato. Había llegado una nueva profesora de inglés algo ruda y exigente que nos pidió entregar un cuento creativo para ser calificado y enviado a un concurso de la ciudad. Siempre me ha ido bien escribiendo y sin pensar en el concurso, ni con mucho esfuerzo, entregué un trabajo simple esperando una buena nota.

Para mi sorpresa recibí un párrafo donde ella me retaba a expandir mis capacidades reclamándome de alguna manera por haberme quedado en mi zona de confort. Al principio sentí un poco de molestia, pero luego creé algo totalmente nuevo y retador, de lo que aún hoy en día me siento orgullosa. Les cuento que terminé ganando el concurso y lo único diferente fue que alguien creyó que yo podía hacerlo, que en su mundo era posible que yo fuera escritora y participará con un texto en un evento.

Katherine, la profesora de inglés, me enseñó que de nada sirven nuestras capacidades si no creemos y creamos mundos donde somos capaces. Hay un mito griego que explica este fenómeno psicológico del poder de las expectativas conocido como el “Efecto Pigmalión”. Un rey escultor, Pigmalión, no se conformó con las mujeres del reino y decidió crear entonces una estatua de la dama de sus sueños. El rey la adoraba todas las noches y Afrodita, conmovida por el deseo del artista, terminó dándole vida.

Hoy estoy convencida de que nos convertimos en aquello que creemos posible, así como Pigmalión creyó en su sueño, Juan Luis en Maluma y Katherine en mí, nosotras podemos hacerlo, incluso sin ser reinas, ni hijas de famosos o tener infinidad de recursos y presupuestos. Si Oprah Winfrey no hubiera soñado con ser la primera periodista afroamericana en su canal televisión local tal vez estaría trabajando en la granja de su abuela. Si Elon Musk no hubiera imaginado que podía llevar un vehículo a marte podría estar laborando como ingeniero en Sudáfrica. Y no estoy tratando de decir que vivir en granja o tener la misma profesión de nuestros padres está mal, pero sí quiero cuestionar si estamos activamente diseñando nuestro camino o si nos estamos limitando a seguir uno ya construido.

Hoy entiendo que soñar es un proceso. Primero conocemos otras historias y estilos de vida para desafiar lo que podemos o no lograr y luego nos atrevemos a poner nuestro nombre en un sueño, aunque este parezca “sacado de cuento”. De lo contrario, nos quedaremos solo con la idea de vida de nuestros papás y personas allegadas y pensaremos que podemos lograr lo que entre dentro de las posibilidades cercanas.

Es posible entonces subir nuestros estándares y entender que el poder que tiene Juan Luis más allá de su talento, suerte o contactos es que cree en un mundo donde puede ser Maluma, y que tal vez lo más importante que diferencia a una escritora del New York Times conmigo es que ella crea y confía en la posibilidad de ser publicada.

¿Han pensado cuáles son los mundos posibles que admiten en sus vidas? ¿Hasta donde creen que pueden llegar? O Incluso, ¿qué nuevas experiencias desconocidas se atreven a crear y protagonizar? A veces ese empujón nos lo dan otras personas, mostrándonos lo que nosotras no vemos, pero al crecer se vuelve nuestra responsabilidad crear los mundos que habitaremos. Ese puede ser el único permiso que nos está faltando, el propio, para poner en acción los regalos que el universo nos ha entregado al visualizar conscientemente escenarios que aún no hemos materializado.