Escrito por Catalina Bonnet

Mi experiencia siendo fea es igual de fea que la misma palabra. La definición que tenemos de algo feo se entiende como algo adverso a lo bello. Nos produce rechazo. Termina siendo precisamente feo tener que ser feo.

Todos conocemos la historia de El patito feo, un cuento que parecía contar lo que se siente ser feo. Al final lo terminan admirando porque se vuelve bello, no por feo. Así terminamos creyendo que unos son feos y otros bellos.  A las mujeres se nos ha impuesto de que la belleza es sinónimo de nuestro sexo. Por eso la mujer que no es catalogada como bella, se sale de la regla. Es fea y, por lo mismo, no es igual de “valiosa” que las demás.

Desde que tengo uso de razón me han medido por esta “regla de belleza”. Crecí con una serie de estereotipos que seguro se perpetraron tanto en nuestra sociedad latinoamericana, que un montón de mujeres querían intentar verse como las mujeres que salían en la televisión, en revistas, etc. Mujeres que eran delgadas, blancas, de pelo castaño o rubio y ojos claros. La mayoría de mujeres en nuestros países latinos sabemos que nuestros rasgos dominantes son opuestos. Pero crecer sabiendo que esa regla de belleza no representa tu aspecto físico, es todavía más difícil.

Recuerdo que las mujeres que estaban de moda tenían estos rasgos específicos. Les hablo de Britney Spears o de Avril Lavinge. Mujeres que cuando niña representaban eso que yo anhelaba ser. Lo que sí debo admitir es que por esa época también teníamos a esta mujer que representaba mucho mejor nuestra belleza latina, Shakira. La joven Shakira de aquellos tiempos se veía natural, tenía un estilo rockero, llevaba un pelo negro y ondulado. Lo que, para mí, que tengo el pelo igual, fue una revelación pues se convirtió en un referente para mí.

Siendo fea siempre pensé que el problema era mío. Que era mi culpa ser fea y que no tendría mucho sentido que intentara verme menos fea, pues no podía cambiar mi aspecto físico a menos de que me hiciera una cirugía estética. Pero según lo veo sería como hacer trampa. En fin, cuando empecé a ser vista como fea, es decir, cuando un niño en mi colegio me dijo esta palabra, asumí por muchos años que ser fea era verme como yo.

Para que se hagan una idea mi aspecto era algo así: tengo ojos grandes, saltones, oscuros. Mi piel era un poco más trigueña o color canela, como le llaman. Mi pelo era negro, grueso y además no era ni muy ondulado ni muy crespo, pero hacia que me viera como despelucada todo el tiempo. Mi nariz era chata y súper diminuta. Mi boca era enorme y mis dientes todavía más. Mis orejas grandes. Y ahora viene la parte más singular de mi rostro: mis cejas. Yo era Frida Kahlo. Mi uniceja era enorme y sentía que cubría toda mi frente. Algunos de los apodos que recuerdo me decían era “Betty, la fea”, así que imaginarán las lectoras que no amo mucho esta novela. También me decían la niña lobo, por aquello de mis prominentes cejas. Y lo más suave era que me dijeran la palabra que llevo repitiendo, fea.

Recuerdo que las personas reaccionaron exactamente como lo explica la definición de este adjetivo. Algunos me miraban feo, otros me rechazaban, algunos me lo decían repetidas veces,en caso de que todavía no fuera claro para ellos o para mí, no lo sé. Como diciendo: “vean, esta persona es fea… espero lo sepan: puede ser contagioso así que no se le acerquen, además es repugnante tener que verla”.

Los niños pueden llegar a ser crueles porque precisamente están replicando lo que ven, oyen o han vivido en su entorno. Pero, así como los podrían calificar de feos, a otros también los calificaron por bellos. Entonces estos niños crecían con una estima de sí mismos alta, con un sentimiento de empoderamiento, pienso yo, donde saben que encajan y viven cómodamente en su burbuja, siendo bellos. Pero cuando creces pensando que eres feo, observas todo distinto. En mi caso, empecé a volverme retraída, callada y no quería llamar la atención, pues ya era suficiente con ser fea.

Cada vez que tenía que salir a cualquier parte; un centro comercial, la tienda de la vecina o incluso a una visita familiar, sentía que me juzgaban por mi aspecto. Era como si viviera vigilada por unos seres imaginarios que me señalaban por verme fea. Lo que realmente sucedía no era nada. Así es. La gente nunca me miró feo. Los adultos nunca lo hacían. Pensé que tal vez algún día, la maldición de ser fea pasaría hasta llegar a ser un cisne como el patito de la historia y esto se acabaría. Ese fue el consuelo que tuve por muchos años: solo deseaba que algún día cuando fuera una mujer esto pasaría a ser solo un feo recuerdo.

Las otras cosas que comprendí, mientras estaba encantada por este hechizo de fealdad, fue que tenía otras maneras de agradar a la gente. Es triste pensar que necesitamos aprobación constante, lo sé, pero así veía yo que tenía que actuar. Ganarme el respeto y admiración siendo fea no iba a ser sencillo pero tenía que intentarlo como un instinto de supervivencia, donde debía encontrar un lugar en esta sociedad. Así se supone que la especie humana evolucionó. Nos tuvimos que unir y crear tribus para poder sobrevivir.

Un día comprendí que si actuaba diferente a lo que mi aspecto parecía indicarle al resto de la humanidad sobre lo que yo era, tal vez conseguiría su cariño. Así que intenté ser empática. Fui una niña muy amable: traté volverme la mejor compañera a pesar de que sabía que ellos no me veían igual. Lo que les decía: puro instinto de supervivencia. En algunos casos funcionaba, otras veces se seguían riendo de mí. Pero aprendí algo positivo: me volví muy buena escuchando y dando consejos. La empatía de verdad era una cualidad que se daba casi que de forma innata en mí. Era amable con todo el mundo.

No quería volverme fea. Sentía que mi aspecto me iba a convertir tarde que temprano en una persona fea literalmente, es decir, que sería como los villanos de los cuentos de Disney, donde las brujas son seres feos no solo estéticamente hablando, sino personalmente. No quería ser una “bruja”.

“Quiero ser un ser bello, una persona real, una mujer sin capas. Que se celebra, se admira, se respeta, se valora y sobre todo se ama."

Los años pasaron y a medida que fui creciendo, la belleza iba cambiando. Tal vez no mucho, pero sí sentía que cada vez más las mujeres comenzaban a enfrentarse en contra de estos estereotipos para ser ellas libremente. Empecé a ver algunos referentes. Se comenzó a poner de moda, curiosamente, las cejas gruesas, los labios gruesos, la nariz más pequeña… las latinas de alguna manera también parecían ponerse de moda. Recuerdo mucho que un sujeto, valiente en ese momento para mí, me dijo que yo le recordaba a una modelo que se llamaba Cara Delevingne, nunca había visto a esta chica, pero cuando la busque me sorprendió ver que fuera eso, una modelo.

Siempre pertenecí al grupito de niñas rechazadas, despreciadas por su aspecto. Ser fea pasó a ser la constante de mi vida. La idea de ser empática siempre estuvo ahí, pero también en secreto iba creciendo una persona fría, molesta, envidiosa y triste. En mi adolescencia, las cosas que se quedaron grabadas en mi inconsciente, es decir, todas esas palabras desagradables, me iban pesando cada vez más. Y hasta en mi físico se notaba: mi postura corporal era pésima, caminaba jorobada, fruncía mucho mi ceño y además nunca sonreía mucho. Parecía que en vez de estar cambiando al hermoso cisne que esperaba llegar a ser, me iba viendo más como la bruja de los cuentos.

A pesar de lograr su aprobación a medias, la situación de ser fea no se quedó ahí. La soledad fue una de mis primeras compañías. Convivir conmigo misma me sirvió mucho. Empecé a aprender a estar sola, a cuidar de mí misma, a hacer las cosas sin necesitar ayuda de alguno de mis compañeros. Estar sola era para mí el modo de adaptación que había conseguido por todos los que me llamaron alguna vez fea. Les había dado el gusto. Me había apartado de la gente: me daba lo mismo si me aceptaban o no. Vivía viendo pasar los días y no esperaba nada de nadie.

La niña dulce, tierna y amable se iba perdiendo en una joven prudente, solitaria y desconfiada. La vida misma me había vuelto un ser feo. Pero mientras iba creciendo en mi esa fealdad por dentro, por fuera pasaba lo contrario. La gente empezó a verme como nunca lo hicieron. Estaba cambiando mi aspecto físico e incluso para algunos comenzaba a ser bella. Tal vez mucho se debía a este boom de chicas adolescentes de portadas de revistas como la famosa Cara Delevingne.

Me dio rabia, debo reconocerlo. Me dio rabia saber que por mucho tiempo me sentí fea. No entendía por qué permití que la gente me tratara como si ser fea fuera algo malo. No me sentía una persona fea pero siempre me juzgaron así. Por esto, no se me hace extraño reconocer que me había vuelto antipática, que no me importaba si existía o no para ellos, su desaprobación me cansó. Ahora no era tan tímida, pero era muy seria. Mi mal genio era notorio y el rechazo ya no venía de ellos, venía de mí. Cuando salí del colegio, me había prometido ser yo misma. Ya no tenía que andar con tantas capas como una cebolla para que la gente pudiera acceder a mí. Era comprensiva y trataba a la gente de acuerdo a como ellos lo hicieran. Tenía que dejar a ese monstruo feo que crecía en mí.

Siendo fea aprendí mucho. Pero aprendí algo feo, esto sí que es realmente feo. Me volví igual a todos ellos. Me volví superficial cuando por todas partes iba diciendo que detestaba a estas personas y no me di cuenta que yo era igual. Les digo cómo lo supe, es sencillo.

Cuando acepté ser fea, no me di cuenta por mi ignorancia y juventud, que lo había asumido así porque yo también estaba de acuerdo con que la belleza física no se veía igual a mí. Que mi belleza era rara, distinta y por tanto debía de ser rechazada. Pero, lo más triste es que cuando los chicos me empezaron a ver distinto, quiero decir, me veían bella, yo empecé a juzgar también. Rechacé a muchos pretendientes pensando que no eran lo suficientemente agradables o guapos. Era fea realmente. A veces también los rechazaba pensando: “Amigo, te estoy haciendo un favor al rechazarte, pues ¡¿acaso no te das cuenta que soy fea?!”

Cuando la gente empezó a admirar mi belleza no fue nada sencillo. Tampoco piensen que era la más bella, pero ya no era etiquetada como fea. Tengo un mal sabor en la boca. Siento que fue un cambio abrupto pasar de ser una a otra persona. Solía odiar mucho a la gente bella hasta que un día, Dios, el universo o la vida, me castigó y me hizo bella. Digo que fue un castigo porque la persona que más salió perjudicada de todo esto fui yo. Me castigué por muchos años pensando que fea era mi realidad. No fue fácil para mí asumir que tal vez podría ser bella para alguien más.

No sabía qué se sentía ser admirada, ser vista de repente me afecto, por eso lo veía como un castigo. Antes me veían con pesar o desagrado y ahora era vista como bella, lo que significaba que tenía que actuar acorde a ello. Es decir, siendo fea me ocultaba intentando no molestar a los demás. Pero ahora era diferente. Resulta que tenía que pararme más erguida, que debía arreglar mi cabello y seguir una serie de pasos para realmente verme como lo que ellos veían, es decir, bella aunque sin saber cómo serlo.

Recuerdo que una persona cercana a mí, un día hablando de mujeres, le dije que era absurdo ver cómo muchas mujeres siendo bonitas se sienten feas. Cuando dije eso, esa persona me dijo que le pasaba exactamente lo mismo conmigo. Para muchos era una chica bella, pero mi autoestima era tan baja que pensaba que ellos no querían perder su tiempo conmigo y esperar a que me viera realmente como era.

Antes de seguir con mi historia, quiero dejar en claro que uno nunca debe valorarse por la opinión que tengan otros de nosotros. No me malinterpreten, yo no les digo que esperen a que otro les diga lo bellas que son. Lo que quiero decir,es que cuando tomamos la palabra de alguien más como algo absoluto, entonces podrían tener el conflicto que tuve yo.

Así que tuve que esperar a que otros ojos vieran por mí lo que yo nunca vi. Mi belleza. Ahora reconozco que fui dura, que todavía tenía que aprender a quererme para poder hacerlo con los demás. Fue difícil aceptar que era bella. Es algo que debo trabajar en mí todo el día. Busco que pueda llegar a ser la mejor versión mía, pero también debo vivir entendiendo que muchas cosas no se logran ver hasta que no seamos capaces de reconocernos en otros. Es decir, a veces aprendemos con otras personas, donde reflexionamos y nos damos cuenta de que nos equivocamos. Esto pasa en muchos aspectos de la vida. Pero volviendo a mi experiencia siendo fea, algo que siento me enseñó la idea de vivir pensando que era fea, es que también puedes encontrar fealdad en otras cosas.

Algo que me hubiera gustado saber y pude haber aplicado por haber sido fea, es que hoy no me atrevo a juzgar por lo bello que puedas llegar a ser para mí. Todo es subjetivo y como dicen: para los gustos los colores. Me di cuenta de que a pesar de que algunos te puedan ver feo, puedes ser muy atractivo, pues tu personalidad, tu forma de ser, tus hábitos, tus manías, tus defectos, todo eso puede ser demasiado atractivo para alguien más.

Los estereotipos con los que crecí, tal vez me afectaron por mucho tiempo mi imagen personal. Pero, también note que la belleza, como bien dicen, está en el ojo de quien observa. Ahora acepto sin culpa, que me digan bella. Mi belleza no define más quién he decidido ser. Quiero ser un ser bello, una persona real, una mujer sin capas. Que se celebra, se admira, se respeta, se valora y sobre todo se ama. No digo que el camino sea fácil. No digo que habrá días donde nos ganen estas creencias, estos recuerdos, o estas ideas de lo que significa ser bellos o no.

Pero es mejor vivir libre. Quiero aceptar esa imagen de que no me cabe duda que amo ser fea; amo serlo porque sé que tengo defectos, que puedo ser dura conmigo o los demás, que puedo verme fea por no aceptar al otro, que soy fea cuando renuncio a ser yo misma, por miedo o impulsada a seguir un modelo que no representa quién soy. Pero también puedo aprender a ser bella, a reconocer mis errores, a admirar lo bello de cada uno, a ver a los otros más allá de sus cuerpos. A sonreír, a llorar, a intentar buscar quién soy. Quiero ser esa persona, que puede ser bella unos días, pero también tiene permitido ser fea.

No esperen a que otros les diga qué son o qué no son. No busquemos más esa perfección de vernos sin realmente serlo. No busques en un espejo una imagen que no ves. Mírate a ti. Reconócete y aprende que lo bello y feo que ves hoy, mañana puede ser algo hermoso, pues descubrirás que eres única, que no existe nadie más que pueda reemplazarte: esa persona que ves es tu verdadera belleza. Espero que al leer esto, tú también te celebres y derribes creencias que no te dejan continuar. Simplemente, se tú misma.

Para todas las Lolas con cariño,

Catalina Bonnet