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Mi disfraz de halloween este 2018

Ilustración por Manuela González

Quizás le pongo mute al mundo, borro las etiquetas y le doy una oportunidad a eso de disfrazarme auténtica y realmente, de mí misma.

Se acerca Halloween y una vez más, ¿adivinen qué? Esta campeona no tiene disfraz. Por eso decidí empezar con el ritual de cada bendito año que consiste en horas de Pinterest, mucha preguntadera a Google y empezar a descartar opciones, repasar el closet y elegir variada posibilidad. El hecho es que cuando terminé mi labor y dejé sobre mi cama los 3 posibles personajes que tenía en mente para tan aclamada noche, me di cuenta de algo.

 

Noté un patrón que se repetía en casi todas mis opciones: una de las prendas siempre era algo que jamás, ni aunque sea lo único limpio que tengo en el closet, me pondría. Una prenda que compré pensando que me atrevería y que se quedó en el olvido. Un regalo de alguien que le apostaba más a mi valentía a la hora de vestirme que yo misma. O incluso, uno de esos tesoros que tengo hace años pero que no ha visto la luz desde quién sabe cuando. Todos y cada uno de mis disfraces incluían alguna cosa de este estilo, algo que de una u otra manera gritaba que esta era la única oportunidad de usarlo, porque si no, ¿cuándo? Y entonces pensé lo siguiente: ¿será que nunca somos tan nosotras mismas que cuando nos disfrazamos?

 

Suena contradictorio, lo sé, pero frenen dos segundos y verán. Nunca les ha pasado que piensan algo como: “voy a aprovechar Halloween para ponerme tal vaina” o “como es un festival me puedo vestir como quiera” o un ejemplo más internacional “me voy a poner tal pinta cuando me vaya de viaje, allá nadie me conoce entonces no importa”. Y mi pregunta es, ¿a cuenta de qué tenemos que ponernos una máscara y por máscara entiendan viaje, evento, situación o lo que quieran, para atrevernos a vestirnos de cierta manera, a probar algo nuevo o incluso a ser nosotras mismas?

 

Ya lo dijo Oscar Wilde en su momento con su célebre frase “pónle a un hombre una máscara y te dirá la verdad” y ahora lo decimos nosotras queridas Lolas.

 

¿Por qué necesitamos escondernos detrás de algo para mostrar nuestra verdad? ¿Por qué nos falta esa confianza de decir, “sí, esta es la falda que me quiero poner, punto final”? ¿Dónde nos quedan las Lolas que tan bien puestas tenemos para decir “no estoy intentando ser nada, ni voy para tal fiesta, sino que simple y sencillamente me gusta”? ¿Cómo hicimos para embolatar esa seguridad con la que experimentamos colores y maquillajes los 31 de octubre a la hora de atrevernos con un cambio de look? ¿Para dónde coge esa certeza sobre nosotras mismas cuando no es solo un disfraz lo que tenemos que elegir?

 

Y no, no estamos diciendo que a partir de ahora vayamos disfrazadas de payaso los lunes al trabajo. Pero sí que no dudemos antes de comprar algo que nos gusta, que no le tengamos tanto miedo al qué dirán, y que nunca, nunca dejemos para mañana lo que nos podemos poner hoy. Porque, ¿para qué?

 

Tenemos que empezar a vivir con menos máscaras y con más verdad o lo que es lo mismo, empezar a querernos. Sentirnos orgullosas si nos chifla mezclar rayas con cuadros, si lo nuestro son los colores chillones que las revistas de moda dicen que “no pegan ni con chicle y si nos gusta más llevarle la contraria a las tendencias que a la mamá.

 

Tenemos que empezar a creernos la teoría de que cada día es la excusa perfecta para ser nosotras. Que no somos lo que digan, y mucho menos lo que no digan. Que no brillamos porque nos alumbren, sino porque la incandescencia la llevamos por dentro. Que no necesitamos disfraz para admitir lo que nos gusta, que no hacen falta excusas para justificar lo que nos pongamos, y que no es decisión, incumbencia, ni problema de nadie lo que a mí me haga sentir más mía.

 

Así que enfrentada este año al dilema de ser bruja, gata o Tokio de La Casa de Papel, quizás cojo valor, mando todo al carajo y me pongo algunas de esas prendas que tengo abandonadas. Quizás le pongo mute al mundo, borro las etiquetas y le doy una oportunidad a eso de disfrazarme auténtica y realmente, de mí misma.

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