ILUSTRACIÓN POR SUSANA RAMÍREZ VÉLEZ @SUSANARAMIREZVELEZ

Escrito por nuestra Lola invitada, Valeriana

Si miramos en perspectiva, la lucha más grande que hemos peleado todas las mujeres, ha sido contra nosotras mismas. Esa lucha interminable entre lo que somos y lo que anhelamos ser; esa lucha entre la mujer que está dentro del espejo: margada, criticona, inconforme, y la mujer que llevamos dentro: alegre, consentidora, alborotada y feliz. Pero como cualquier otra guerra, esta nos ha dejado heridas: heridas que son el mapa de lo que somos y sobretodo, heridas que nos recuerdan constantemente que estamos vivas, que hemos vivido.

Inexplicablemente, ya me gustan los callos que tengo en los pies, me gustan porque son recuerdos vivos de ese día en que baile tanto que no sentí los dedos durante tres días y esos tacones con los que preferí la vanidad a la comodidad; me recuerdan esas ciudades de calles anchas, cuadras largas y cielos azules que caminé hasta que me salieron ampollas, ciudades en las que dejé una parte de mi corazón, a las que recuerdo en sueños y me hacen poner la piel de gallina; me recuerdan esos viajes que viví sola, con amigos, con compañeros de viaje, con gente a la que amo y gente a la que odio, esos viajes de los que ninguna foto puede mostrar tanto como esas marcas que nos dejó en los pies y las amistades que quedaron para siempre. También me recuerdan cuando me quemé con la arena hirviendo de alguna playa caribeña, o cuando ignoré mi torpeza y me congelé los pies tratando de patinar en el hielo.

Tampoco me estorban las pecas que me dejó el sol algún día que me cogió desprevenida, ni el kilo de más, de cuenta del placer exquisito de comer, de probar, de explorar sabores nuevos; de los postres y las pizzas; del vino entre amigas, del horroroso aguardiente que tomé porque todos estaban tomando; de la caja de cereal que se me acabó mientras veía cualquier chick flick romanticona, o del mes que me rehusé a ir al gimnasio.

Y si hablamos de cicatrices, tengo tantas que ya ni recuerdo de dónde salieron; probablemente de alguna pista jabonosa o de alguna montada en patines; de cuando me quemé con la plancha por tratar de hacerme ondas como alguna famosa o de esa vez que quise cocinar para alguien que quería y terminamos comiendo pizza congelada; de esa cirugía que creí necesitar o de esa vez que el cigarrillo de algún extraño me rozó la piel.

Así, llega un día en el que es inevitable amar estas marcas; un día en el que más que aceptarlas, empiezan a ser deseables. Ese día, dejamos de contar calorías y empezamos a contar momentos, ya no nos cohibimos porque no tenemos los zapatos adecuados para largas caminatas improvisadas o para bailar toda la noche; ya no importa si el tatuaje que queremos implica un poco de dolor; llega un día en el que empezamos a atesorar marcas en el cuerpo, no por lo que son en sí mismas, sino por las historias que traen detrás, porque son sinónimo de vida, de mucha vida. Y yo quiero vivir.