ILUSTRADO POR ALEXANDRA PEMBERTHY @ALEXA_WAVE

Escrito por Isabel Guzmán.

Con el tiempo, la experiencia (y sobre todo, las embarradas), me he dado cuenta que para hablar de hombres, mejor hablamos de zapatos. (Los entendemos mejor y a la larga, terminan siendo similares).

¿No me creen? Empecemos:

Todas tuvimos ese par de zapatos incómodos, que tallan, sacan ampolla, juramos no volvernos a poner y aún así, llega el viernes, se nos olvida toda promesa y volvemos a caer porque nos parecen tan, pero tan, lindos. Y así como el bizcocho con el que la conversación no pasa del “Hola, ‘¿cómo estás?” y de una que otra revolcada por aquí y por allá, ambos, zapatos y bombón, nos dejan con una noche de gloria y varios días de intenso cuidado después.

O por qué no hablamos de los zapatos que queremos contra viento y marea. Sí, esos sucios, viejos, rotos por los laditos, esos insalvables que hasta tu mamá ha intentado botar más de una vez. Esos, que como los ex novios tóxicos se sienten tan increíblemente cómodos, conocidos y perfectos (así sea por un ratico no más). Los que ya usamos, re usamos y estamos cogidas de tiempo para mandar a volar. Pero cuando los sacamos con la firme intención de hacerlos pasar a mejor vida, siempre y con un poquito de culpa, los volvemos a guardar, así sea muy en el fondo del closet.

Después están esos que uno esconde. Esos zapatos que solo son para nosotras (y eso que hasta evitamos vernos en el espejo con ellos puestos). Los de estar en la casa, los mañés, los que en público jamás admitiríamos, mejor dicho, los que son la definición de un placer culposo. Porque… ¿quién no tiene uno que otro bizcocho que preferiría negar? ¿Crocs yo? Jamás, así fueran cómodos. ¿Tenis con tacón? Nunca estuvieron en mi closet. Y así hay varias modas (o nombres) que no serán mencionados (o admitidos) jamás.

O cómo olvidar esa época dónde ignorábamos aquello de “menos es más” y todo, absolutamente todo tenía adornos. Incluso los zapatos. Volviéndolos así,  increíblemente imposibles de ignorar. Igualitos a ese intenso que tenemos todas bloqueado en whatsapp que no se contenta con decirnos linda, llamarnos 5 veces,  invitarnos después de varios (o demasiados) “no, gracias” y que nos hace concentrar intensamente en el color de las baldosas si nos lo encontramos frente a frente.

Para las soñadoras, como nosotras, sigue estando ahí la esperanza de encontrar un par perfecto (o por lo menos parecido). Que combine con todo,  que nos haga ver altas cuando toca y chiquitas cuando queremos que nos consientan, unos zapatos para ponérselos con o sin medias, que arreglen las pintas más regulares, que nos acompañen cuando toca salir corriendo y que no nos queramos quitar jamás.

Mientras tanto, mientras que uno le da tiempo al tiempo y espacio al destino para que el bizcocho se aparezca con un par de zapaticos de la talla que es, la vida es más sabrosa viviéndola descalza.