Escrito por Alejandra Matallana

Vivimos en una sociedad hipócrita; nos piden autenticidad mientras nos venden perfección. Nos invitan a tomar decisiones que nos hagan felices pero condenan los caminos menos recorridos y así terminamos en una falsa libertad bajo los términos y condiciones de otros.

Yo a esto lo llamo ruido externo y hay una parte de mí que lo ama… la confusión y la incoherencia que me dice lo que quiero escuchar, que me deja tan fácil entregar la responsabilidad de decidir y que se alimenta de quejas y victimismo. Pero, del otro lado de esta comodidad, está mi intuición, mi yo más sabia, que cuando necesita que me escuche es incluso más obstinada que mi parte cómoda.

Como lo veo, la parte amiga del ruido externo anda por la vida postergando decisiones y creyendo que ignorando las señales estas van a desaparecer. Y lo que realmente pasa es que va poniendo capas y capas que hacen cada vez más difícil guiarme por mi intuición. Por eso, muchas veces mi ser más sabio toma medidas extremas para desbancar a ese otro lado.

Creo que todos podemos nombrar un momento donde, quizás después de mucho dolor, la intuición por fin ha llegado a reinar nuestro ser: tras años y años de una relación tóxica, cuando aceptas que no estás bien, que necesitas ayuda y decides dejar de fingir tu bienestar para empezar a vivirlo realmente, cuando renuncias a un trabajo que te ha dado casa, carro y beca… además de un colón irritable, insomnio y otros síntomas de burnout.

Una de esas súplicas de mi intuición fue a finales del año 2017. Estaba entusada, había subido ocho kilos en siete meses, terminé el semestre menos motivante de mi carrera, mi abuela y mi primo habían muerto y acababa de llegar de Brasil, de una huida de todo esto que me abrumaba pero que yo sentía que podía cargar. Hasta que fue demasiado pesado, y fue casi como si lo dejara caer en mi dedito chiquito del pie, así de doloroso.

Salí con mi hermana y de repente, llorando, le dije que estaba mal, que desde hacía un tiempo había empezado a tener deseos de vomitar después de comer y que sentía por momentos que no podía parar de comer, dulce, particularmente. No me acuerdo qué me respondió exactamente, pero sé que fue el eco de mi propia intuición pidiendo ver más allá del peso ganado, del aspecto físico. 

“Nadie se cura en línea recta […] La curación no tiene que ver con la recuperación, sino con el descubrimiento” – La bailarina de Auschwitz.

Como la sincronía es real, en esa época me veía seguido con una amiga que me ha guiado un montón en mi autoconocimiento y me preguntó “¿de qué sientes que está vacía tu vida?”. Mi respuesta: de dulce, literalmente. De cariño, de alegría, de disfrute y placer, de eso que asociaba con el azúcar. Puede ser por la ausencia de mi ex, de mi abuela, hasta la de mi primo. Pero sobre todo, la mía propia. Me había abandonado, me había ido hacía no se cuanto tiempo, me había llenado de ruido externo; se había ido la Alejandra segura, confiada, determinada, que era quién le daba paso también a la versión vulnerable, y ahora ni de ella había rastro.

Ahí decidí recuperarme, pero como todo proceso personal, no fue lineal y aquí es donde viene el recaer. Hice mil cosas para amar mi cuerpo: bailar, meditar, ejercicio, comer mejor…pero, al menos cada seis meses volvía a llorar porque estaba “gorda”, porque no bajaba ni medio kilo así me matara en el gimnasio. Me frustraba conmigo misma porque no lograba seguir una dieta, porque rompía mis promesas de no comer dulce. Y luego me mortificaba por mortificarme.

La última vez que entré en crisis con mi cuerpo y la comida fue a inicios de 2020. Estaba en Madrid, era mi primer invierno y había estado comiendo con la sensación de no poder parar, a escondidas y con la mente llena de argumentos y justificaciones que nadie me estaba pidiendo, solo yo. Mi alarma se encendió una noche que me comí medio litro de helado sola. En dos horas. Fue delicioso, pero el sentimiento de culpa y frustración era insoportable.

Han sido más de tres años de esfuerzo consciente, que me han llevado a entender que mi trabajo no era solo con mi cuerpo, era con lo que me había llevado a tener la posición que tenía sobre él: pensamientos, aprendizajes, asociaciones, experiencias. Mi tarea era comprender qué me llevaba a compararme con cada modelo que seguía en Instagram, porqué creía que sentir placer por comerme un postre estaba mal, encontrarle un sentido a la actividad física más allá de “estar flaca”, etc. Lo que empezó con la rabia por mi peso, ha llegado a la comprensión de mi relación con la comida y mi interpretación del bienestar.

Luego del episodio de Madrid, mi psicóloga me llevó relacionarlo incluso con mi necesidad de recibir aprobación externa porque no me la había logrado dar yo misma y hoy en día mi intención está en devolverme el derecho a sentir placer, estar sana para vivir mejor y en honrar y agradecer todo lo que soy, en cuerpo, mente y espíritu. Namasté. Zen as fuck (es chiste, pero al tiempo es real).

Lo más divertido de la repetición, es que no es solo pasa en un aspecto de tu vida, recaer es un verbo que ama estar presente en todo. Con los intentos frustrados de tomar agua tibia con limón en las mañanas, con practicar yoga, con no volver a escribirle a esa persona que ya te dejó claro con sus acciones que no es lo que quieres ni necesitas, entre otras. Así que sí, la lección se va a repetir tantas veces como sea necesario. Porque ¿qué otra forma tiene la vida de saber que estás avanzando, si no es poniéndote pruebas similares?

Cada una de estas repeticiones nos hacen mejores, sin duda. Más vulnerables y por lo tanto más fuertes. Es un llamado a volver a nosotras y silenciar el ruido externo. Aunque en el momento sea frustrante y parezca que estamos en el punto cero de nuevo, créanme que no, estamos avanzando. Pero pasa también que, la evolución se da únicamente si realmente le ponemos esa intención a las acciones que emprendemos y las decisiones que tomamos.