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La vez que desperté siendo una diosa

Ilustración por Mariapalitos @Mariapalitoss

Desperté sin dificultad a causa de una lucecita que se coló por la cortina. Era la mañana de mi cumpleaños 21 y la esperaba con ansias desde hacía meses. Cuando abrí los ojos no sentí mis párpados pegados, ni tampoco cansancio, o sueño, -a pesar de haber dormido pocas horas- me sentía liviana y me paré de la cama casi flotando.

 

Cuando me miré al espejo, estaba radiante: ni marcas de las cobijas, ni cara de dormida, ni frizz. Tenía la piel tan suave como jamás en la vida la había sentido, nunca había notado mi pelo tan brillante y sedoso, ni mis cejas tan definidas o mis pestañas tan largas. Los ojos estaban de un miel tan claro como ni siquiera en días de playa los había visto, no existía la cicatriz que solía llevar en la mejilla izquierda ni tampoco las motas velludas del bozo. Me veía tan perfecta que me quedé frente al espejo unos minutos, asegurandome de estar viendo lo correcto.

 

Cuando entré a la ducha me vi el abdomen absolutamente plano y tonificado. Mis muslos voluminosos eran de pronto esbeltos, sin celulitis y las rayitas estriosas que aparecieron a mis quince años en la entrepierna, no estaban por ningún lado. Cuando pasé mi mano por las pantorrillas sentí una textura de terciopelo carente de vellos, ni siquiera asomándose, cuando debían sobresalir un par de milímetros, pues hacía una semana que no me depilaba.


 

Me miré las rodillas y las espinillas y nada, las marcas de mis caídas de infancia y de la torpeza del mes pasado ya no estaban. Me revisé la nalga y ni un rastro de huecos celulitosos o flacidez, hasta paradita estaba. Miré para abajo y tenía un par de bolitas perfectas en el pecho, redondas, firmes y bien puestesitas rodeando un pezón rosa claro y pequeño que parecía saludarme con timidez. Me pellizque el brazo para despertarme, como hacen en las películas, pues lo que veía no podía ser otra cosa que un sueño…. No desperté.

 

Anduve todo el día con un aura luminosa que inundaba cada espacio al que llegué, no pasé desapercibida, para todos era la mujer más hermosa que jamás hubieran conocido. Me sentía como una estrella de Hollywood, como si fuera posible encarnar todos los retoques de photoshop, como si la perfección fuera alcanzable.

 

Era un día atareado pues tenía varios planes para celebrar mi cumpleaños y anadaba preparada porque además era mi día 28 y como no sentí ni una señal ni nada húmedo entre las piernas, comprendí que tampoco vendría… era una diosa.

 

Por la tarde fui a almorzar con mi familia, mi mamá preparó un almuerzo especial para celebrar mis 21, pero yo sentía que estábamos celebrando el elogio a la perfección que yo encarnaba. Porque las cosas no terminaron en mi aspecto de pureza cándida e inconcebible: fui el ejemplo perfecto de lo políticamente correcto, del actuar recto, de lo adecuado y oportuno.

 

No reaccioné ante las imprudencias de mi hermano en la mesa, ni me inmuté con sus chistes de mal gusto dirigidos a mí para sacarme la rabia, no participé en la polémica que abrió un comentario mal situado de mi madre, ni tomé partido cuando la conversación de la mesa se tornó política y candente.

 

Comprendí entonces que mis ciclos hormonales no estaban funcionando de forma usual, que ya nada afectaría mi psiquismo, mis estados de ánimo, mi estar. Comprendí que se habían programado automáticamente los comentarios sutiles, las sonrisas recatadas, las compensaciones internas, las asunciones fingidas:  solo buen hablar, buen actuar y bien fingir.

 

Me miré un instante, buscando algo de mí, cuando la conversación se tornó anecdótica y recordaron nuestros paseos al mar. Ya no estaba la manchita de sol en mi empeine izquierdo, ni las pecas mal repartidas en mis hombros por no cuidarme del sol, y con ellas se había ido el recuerdo de playa y el olor a infancia. Intenté contar algo, con mi usual emoción, interrumpiendo y riendo estrepitosamente, pero de esperar a que me dieran el turno, terminé por callar.

 

Confundida, fui al encuentro con mi novio. Mientras manejaba no sentí ni un grado de irritación a pesar de estar retenida en un taco infernal y con 33° grados encima no derramé ni una gota de sudor. Cedí el paso a todos, no grité, no me precipité, ni me afané, y aún así llegué a la hora exacta a esperar a mi amado. Cuando nos encontramos le costó reconocerme, luego se emocionó y empezó a buscar en mí rastros de autenticidad que habían desaparecido…  

 

El día terminó y yo me acosté suplicando volver a la normalidad. Había sido estereotípicamente maravillosa, había sido una diosa, una reina, había sido La Perfección… pero no era feliz. Me quedo con las irregularidades, con los defectos, con los recuerdos y con los esfuerzos: para ser prudente cuando se debe, para tener el cuerpo que sueño y sentirme bien, para tener la piel bien cuidada… la vida no tiene sentido si todo se nos es dado por obra y gracia del espíritu santo. No habría diferencia, no habría diversidad, no habría nada por lo qué luchar. Todo sería demasiado aburrido.

 

> Escrito por Lola Lunática

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