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Virginia Woolf

La libertad de pensar en las cosas

Virginia Woolf
Pensar libremente

Ilustración por Ana Lucía Bañol

Dejemos el miedo a responder: "Nada, aquí pensando", cuando nos pregunten qué estamos haciendo. Aprendamos a mirar, empecemos a ejercer la mirada sobre las cosas en sí, pequeñas y grandes cosas.

<<Y llegó la mayor liberación de todas, la libertad de pensar directamente en las cosas>>

 

Si no has leído Una habitación propia de Virginia Woolf, es el momento. Este ensayo, de un poco más de cien páginas, debería ser una dulce lectura obligatoria en secundaria. Virginia le da tres vueltas a Baldor.

 

De todos los pensamientos que aborda el texto, me centraré en “La libertad de pensar en las cosas” ¿Que qué? ¿Cómo así? Quizás, lo que Virginia quiso decir fue: “¡Me gusta y qué!”. Cada quien puede ponerlo en palabras más cómodas, palabras en pijama.

 

En el libro ella cuenta que, gracias a la herencia que le dejó una tía, su cielo se despejó y pudo empezar a ver las cosas por lo que eran y no a través de los lentes del miedo. Y antes de que digas, claro, con una herencia cualquiera; vamos más allá.

 

Es inevitable que hablemos de las redes sociales y lo haremos en un momento, pero el condicionamiento al pensamiento viene de siglos atrás. ¿Es posible que, después de superar algunas —faltan muchas— barreras de pensamiento impuestas por la sociedad, las mujeres cedamos nuestro poder personal a otros por no dedicar tiempo a pensar en las cosas? Aquí, cuando hablo de poder personal, me refiero a la capacidad de decidir por sí mismas lo que queremos, lo que nos gusta y lo que haremos en determinado momento.

 

¿Pensar en qué cosas? En las pequeñas cosas. Esas pequeñas cosas, que como cantaba Mercedes, despedimos insensiblemente.

 

La pasta, ¿me gusta o solo digo que sí porque a todo el mundo le gusta? No me gusta la moda de pantalones ciclistas que hoy llevan todas las influencers. No me gustan los hombres con barba, no me gusta la canción de moda, ni las ideas de fulanito, ni fulanito, ni el último best seller; y no duermo en una hamaca por nada del mundo.

 

No, no es Twitter esto. No se trata de empezar a quejarnos a diestra y siniestra. También son bienvenidos los pequeños y grandes Sí.

 

Me gustan las paredes color curuba, las aceitunas y las ventanas sin cortinas. Las sillas mecedoras están muy bien, ¡qué vivan los patacones tostaditos y estoy enamorada de Ocasio-Cortez!. Qué hermosura el color negro, el pelo corto muy corto y voto por este y no por aquel. Pensar en las cosas en sí. No esperar a ver qué dice el otro para decidir si me gusta o no.

 

Hoy, gracias a las —tan mencionadas— redes sociales y grupos de WhatsApp, la libertad de pensar en las cosas es algo que está, casi, extinto. Nos gusta lo que le gusta a otro, lo que tiene más likes, comentarios, shares, gritos, mirellas y serpentinas. Peeeero, la culpa de todo no la tienen las redes sociales. Pobrecitas. Ya hablamos de que esto viene desde hace mucho.

 

¿Y entonces cómo hace uno para pensar en las cosas? ¿Se acuerdan cuando no había redes sociales y uno se sentaba en la acera de la casa, en la plaza del pueblo o en un bar cualquiera, a mirar pasar gente, a ver los pajaritos, a despedir al sol? De eso se trata. No es que desacredite los grandes pensamientos, descubrimientos y creaciones. Es que para llegar a lo grande debemos empezar por lo pequeño y lo pequeño lo hemos perdido.

 

Hagámonos más preguntas a nosotras mismas y menos a las amigas o a los papás o al novio. Amo a mis amigas y a mis papás y a mis ocho novios, pero el carácter no es algo que se construye a partir de otros. Está muy bien tener guías y elegir —con mucho cuidado— a quien seguir, a quien admirar y de quien podemos inspirarnos, pero la decisión última es nuestra. Los gustos van a cambiar, cada tres meses, cada año, pero la determinación de elegir por cuenta propia debe permanecer. Dejemos el miedo a responder: “Nada, aquí pensando”, cuando nos pregunten qué estamos haciendo. Aprendamos a mirar, empecemos a ejercer la mirada sobre las cosas en sí, pequeñas y grandes cosas.

 

Gracias a Virginia y a la tía de Virginia por una herencia que —hoy— podemos disfrutar a través de sus olas de pensamiento.

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