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Edades

La edad perfecta para cada cosa

Edades
Edades correctas

Ilustración por Marcela López

Me he demorado demasiado en entender que un triunfo no es más triunfo a los 22 que a los 82, que el mérito no se quita con los años y que la magia de lograr algo que querías no tiene fecha de caducidad.

No importa en la que estén, pero dicen que siempre hay una edad para todo, ¿sí han oído eso? Esa es la frase que me ha perseguido la vida entera y que ha regido sin que me dé cuenta, y sin quererlo, muchas de las decisiones que he tomado a lo largo de los años.

 

Porque esa fracesita combina con todo, desde “esa edad en la que uno se da el primer beso”, hasta la edad de “juep*ta todas mis amigas se están casando y yo qué”. Cada uno de esos momentos, tiene una edad en nuestros imaginarios. Algo así como un numerito aproximado, como un estimado con el que todos y todas estamos más o menos de acuerdo.

 

Y la mayoría de veces funciona: casarse antes de los tantos, graduarse antes de los equis, novios y después de los tales. ¿Pero qué pasa cuando de pronto te das cuenta que tus edades no combinan con las de la mayoría? ¿Qué pasa cuando de pronto te sientes fuera del jueguito, como cuando teníamos catorce y fingíamos saberlo todo, solo por no parecer la abuela del grupo?. O peor aún, cuando el grupo es otro y a lo que te ves obligada es a sumarle numeritos a la edad verdadera en la que hiciste esto o aquello, por que te das cuenta que si dices la verdad, los juicios serán infinitos.

 

Y con esto solo quiero llegar a un punto, ¿por qué diablos tenemos que tener una edad para todo? ¿Por qué tendría que haberme acostado con alguien por primera vez después de los 18 para ser “responsable”, a eso de los 16 para ser “cool”, a los 14 para que me llamaran “bandida” o a los 25 para ser una “mojigata”? ¿Por qué tendría, y tengo aún, que descubrir las cosas a la misma velocidad que mis amigas solo para sentir que encajo? ¿De dónde me vino la radical idea de que a partir de mi 25 ya tenía que tener lista mi vida? ¿O por qué tengo miedo de no llegar a los 35 con el hombre perfecto y el instinto maternal alborotado porque si no se me va a ”pasar el arroz”?

 

¿Por qué me he medido con la obsesión de conseguir ciertas cosas antes de los 30? ¿Por qué si no tengo un trabajo que me encante a los 27 voy a sentir que fracasé? ¿O incluso, a los 40? ¿Por qué se me hacen tan imposibles de imaginar los 60, tanto que ni siquiera he sido capaz de mencionarlos en este artículo? No por miedo a la vejez, sino porque no quiero ni imaginarme todo lo que quisiera haber logrado por encima de esa edad.

 

¿Por qué asumo, por ejemplo, que hay cosas que si no conseguí a lo 52 ya son inalcanzables? Por ejemplo casarme. ¿Qué pasa si mi futuro es ser una viejita hermosa que encontrará un amor tórrido y épico rozando los 72? O si me convierto en mi abuela, que no solo tiene novio sino que canta, tiene micrófonos tirados por toda la casa, es fan del animal print y me ha preguntado ya en dos ocasiones por qué no rumbeo con ella.

 

No solo tengo un límite de edad obsesivo para ciertas cosas y una omnipresente fecha límite, sino que tengo un vicio aún peor, comparar mis 30 con los de alguien más. Mis “cómo no lo logré a los tantos” con los “ella lo logró hace cinco”, mis “ojalá llegara a mis tantos con esto” con los “todas mis amigas ya están ahí.” ¿Por qué no me saco de la cabeza la idea de que si mi mamá hizo algo a los 21 o mi papá a los 23 yo debería hacer lo mismo? O peor aún, ¡antes! ¿Por qué siento que si ellos lograron eso en su momento, el hecho de que yo no logre lo mismo me hace una fracasa? ¿Una rebelde? ¿Una irresponsable?

 

Mi mamá publicó su primer libro antes de los 25. Es decir, a mi edad. A sus 29 ya había conocido al amor de su vida. A los 33 ya me tenía a mí. Y antes de los 37 era una escritora famosa, con más de 10 libros publicados y reconocida en la calle como “la escritora de la letra bonita.” Hoy a mis 26, sin libros, sin fama y sin ser capaz a veces de leer en los mamarrachos que escribo con mi letra, se imaginarán que si me rigiera por los parámetros de mi señora madre, el tren no solo me dejó, me atropelló.

 

Me ha costado mucho entender que no es a los años a los que lo hagas sino cómo lo hagas, lo que signifique para ti y lo que de verdad recuerdes y aprendas de cada momento. Me he demorado demasiado en entender que un triunfo no es más triunfo a los 22 que a los 82, que el mérito no se quita con los años y que la magia de lograr algo que querías no tiene fecha de caducidad. Que los años nos deberían dar mucho, pero nunca etiquetas, límites y menos aún, frustración por no lograr cierta cosa en cierto tiempo.

 

Así que después de tanta reflexión y de tanta preguntadera, me encantaría decirles que no me importa. Que no me comparo, que no me sigue angustiando lo que mis amigas logren a sus 27 y yo no, que vivo el día a día feliz con lo que tengo y con lo que soy.

 

Siendo sincera, nada de eso es verdad. Aún. Pero algún día lo será y sea la edad a la que sea, estará bien.

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