Escrito por Ana Barros

Según lo que cuenta mi mamá, cuando tenía entre 2 a 3 años mi película favorita era La Bella y la Bestia. La repetía una y otra vez, varias veces al día, todos los días de la semana y aún así no me alcanzaba el mes -o la vida- para vérmela tantas veces como realmente quería. Tanto así que hoy en día, después de haberla abandonado durante muchos años, a veces me pillo tarareando las canciones mientras estoy lavando la loza o barriendo la sala por quinta vez en el día. Creo que, aún sin la intención de hacerlo, terminé creando algo mucho más poderoso que yo: el hábito de amar las cosas con intensidad.

Pese a mi pésima costumbre de cambiar de proyecto de vida cada dos segundos -que lo digan mis tres carreras- nunca me han gustado las cosas a medias; aplica para relaciones, trabajos mediocres que prefiero no entregar y el postre. Creo que la vida es muy corta para vivirla con la ligereza y la irresponsabilidad de dividir todo en la mitad y conformarnos con eso. Además, nunca me han gustado las matemáticas, entonces eso de las divisiones tampoco va conmigo.

Me gusta pensar que la vida no se compone de los momentos ordinarios y asfixiantes de la rutina y sí de esas cosas que sentimos de manera tan intensa que cuando intentamos explicarlas en voz alta nos quedamos mudas. Como la emoción de ver por primera vez la que será tu serie favorita, la nostalgia de comer tu comida favorita de cuando tenías 10 años o las ganas incontrolables de sonreír cuando vemos un perrito en la calle. Esos momentos que, por más que queramos e intentemos, no podemos explicar.

Y por esa intensidad me considero afortunada de poder creer en que lo inexplicable e inesperado puede estar a la vuelta de la esquina y que mis sueños más locos algún día podrán hacerse realidad por el simple hecho de que creo en ellos más de lo que a veces creo en mi propia realidad.

Creo en la magia de, perdón por la redundancia inminente de esta frase, creer en cosas que parecen imposibles. No sé si es por mi familia materna -medio astróloga, medio bruja, medio artista- o por mi insistencia en hacer especial, lo que parece no tener sentido o valor alguno. Pero más allá de los astros, la ciencia, la ley de la atracción y del ritual que vimos en Instagram para ‘vibrar alto’, creo firmemente que el arte de atrevernos a querer algo con toda la fuerza de nuestras lolas es el verdadero poder para alcanzar lo inalcanzable.

“Creo firmemente que el arte de atrevernos a querer algo con toda la fuerza de nuestras lolas es el verdadero poder para alcanzar lo inalcanzable."

¿Se acuerdan de ‘Barbie, la Princesa y la Plebeya’, cuando Erika dice que pese a su deuda y a la posibilidad de siempre trabajar en el emporio de vestidos, sabe en su interior que algún día será libre para irse a cantar alrededor del mundo? Precisamente de eso hablo, del famoso sexto sentido que nos impulsa a comprar un vestido de verano demasiado fresco y hermoso que quizás no usaríamos en el día a día, pero lo guardamos para cuando Zac Efron nos invite a una cena romántica en la Costa Amalfitana.

Es saber que cuando nos dijeron que el límite era el cielo no se referían a lo que podíamos alcanzar a tocar con las manos -sobretodo si a duras penas llegamos y con mucho esfuerzo, al metro cincuenta y tres- y sí hasta dónde podía llegar nuestra imaginación. En el momento en que lo imaginamos, lo deseamos y lo soñamos, terminamos por ‘manifestarlo’ y le damos la vuelta al carácter imposible de las cosas.

Y es que creer en lo que parece increíble también es un acto de amor propio. Elle Woods decidió convertirse en una abogada exitosa porque sabía que merecía mucho más que un título de rubia superficial y Sharpay Evans terminó en una obra en Nueva York porque creyó que su talento sería suficiente para cumplir sus sueños de ser una estrella. Porque a partir del momento en que aceptamos lo que merecemos y creemos en nuestro potencial para cumplirlo, nos volvemos imparables.

Para mí de eso se trata la vida: de olvidarnos de respuestas que nunca nos han pedido y de dejar de cazar explicaciones para todo. A veces lo mejor que podemos hacer es permitirnos soñar en grande y creer que un día nos entrará una llamada inesperada, que cogeremos un vuelo a la ciudad que siempre quisimos conocer o que Lindsay Lohan nos invitará a un café porque se le hizo tarde y no quiere desayunar sola.

Permitámonos ser atrevidas, intrépidas, soñadoras, aunque nos quieran tildar de locas, putas o histéricas por ello -igual sabemos que no será la primera ni la última vez- porque, si algo me enseñó verme ‘La Bella y la Bestia‘ más de mil veces, amarnos con intensidad también es vivir como Kim Kardashian en el 2008: con la plena consciencia que la dimos toda porque creíamos en nosotras mismas.