ARRIBA

¡Estoy mamada!

Ilustración de Julia Castelblanco @Julia.Castelblanco

¿Quién entiende a la gente? Hoy, en pleno siglo XXI, no podemos hablar de una mujer linda a secas porque siempre le falta algo. “Sí, es bonita”, dicen, pero: tiene celulitis en las piernas, es narizona, se mantiene despeinada, no se depila las cejas…Y la retahíla no acaba ahí. A la hora de criticar, hasta el más tímido saca su gurú de belleza interno: que tiene una espinilla en la punta del dedo gordo; que una oreja es más grande que la otra; que no sabe combinar la ropa o que, por el contrario, insiste en usar prendas tres tallas menos que la suya. ¿Cuál es el problema con que una mujer sea linda así no más, sin reparos ni prejuicios? ¿Por qué nos hemos vuelto tan exigentes con la belleza?


 

Ya ni siquiera son los hombres los que más nos juzgan. Somos nosotras mismas quienes vivimos en una carrera constante por ser la que menos outfits repite, la que mejor se arregla, la que menos acné tiene, la del cuerpo envidiable. En síntesis: la más cercana a ese tonto ideal de perfección. Todo esto hace que me pregunte: ¿qué tal si nuestra condición de mujeres nos hace ya increíblemente perfectas? ¿Qué tal si detrás de cada cuerpo asimétrico se esconde un ser auténtico y real?

 


No sé ustedes, pero yo estoy mamada, cansada, agotada de todo lo que nos exigen. O peor, ¡de lo duro que nos damos entre nosotras! ¿Qué es lo que nos impide aceptar la belleza genuina, natural, segura y tranquila? Siempre tiene que haber un ‘pero’, algo que sobra o que falta. Somos adictas a los reproches frente al espejo, a las escaneadas ‘disimuladas’ y a la eterna preocupación por el qué dirán.

 

¡Me cansé! Hoy decidí liberarme de las etiquetas, de esas cadenas absurdas que son más duras que pararse en las pestañas o estornudar sin cerrar los ojos.

 

A nadie debería importarle si nos queda una pierna mal rasurada o si no nos da la gana de depilarnos el bikini. Es nuestro problema si mostramos barros y ojeras, en lugar de exhibir una capa de base y rubor mal aplicados. ¿Eso nos hace menos bellas?

 

Somos parte de una sociedad en la que, antes de ser mujer, se es hippie, grilla, ordinaria, mostrona, gamina, descualquierada… ¡Qué ridiculez! Me dan ganas de salir corriendo con las tetas al viento, a ver si logro quitarme de encima tanta película que no paramos de inventar.

 

Sería interesante preguntarnos qué hay detrás de las horas eternas que pasamos indecisas frente al closet. ¿Nos ponemos lindas para los otros o para nosotras mismas? No estaría nada mal descubrir en qué momento empezamos a rendirle cuentas al mundo por lo que somos y hacemos.

 

Qué hermoso sería liberarnos, encontrar la esencia en cada despeluque, en cada crespo mal puesto, en cada kilito de más, en cada manchita atrevida. Es hora de ver en la ‘imperfección’ de nuestro cuerpo un encanto único. Una belleza original.

 

Es inútil la cantidad de ‘peros’ que hemos metido en la cartera. ¿No está ya demasiado pesada? Llegó la hora de romper con las ataduras y ganarle a las limitaciones. ¿Cómo? Aquí va una clave efectiva: bienvenidas sean las palabras bonitas y sinceras; la libertad de elegir quiénes somos. ¡Ah! Y para los reproches, las críticas y las malas vibras, es muy sencillo: alzamos la ceja, voliamos el pelo y… ¿nos colaboran con la salida, por favor?

 

> Autora: Lola apasionada

Publicar un comentario