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El amor

El tren del amor nunca deja de pasar

El amor
El tren del amor

Ilustración por Ana Botero

Mi reflexión va para aquellos bizcochos y lolitas que andan solos y, tras ellos, una nube de tristeza que los absorbe en un amor que no sobrevivió.

Mi reflexión va para aquellos bizcochos y lolitas que andan solos y, tras ellos, una nube de tristeza que los absorbe en un amor que no sobrevivió. Para quienes sienten como el alma desencaja por no tener una pareja caminando de su mano.

 

Para los que siguen a la espera de princesas de cuento que se niegan a despertar y para aquellas cansadas de besar sapos con la vaga ilusión de que el próximo sí será.

 

Tener pareja no nos define, tampoco el número de conquistas acumuladas por mes, porque no se trata de medir la felicidad por días calendario ni las emociones con temporizador.

 

Quien acuñó la legendaria frase del tren que coge rumbo y nos deja viendo un chispero, estaba con seguridad en su momento más sombrío, pensando en la vida monocromática que le esperaba desde la ruptura, con la tusa pegada a las cobijas y un silencio acentuado y abismal, típico de los amores negados.

 

Es comprensible el agobio que para muchas personas significa estar solas, sin pareja. Llámenlo dependencia afectiva, inseguridad, poco amor propio. Verse en medio de la dualidad que representa la idealización del ser humano y aquello que les es o no posible obtener desde el plano sentimental.

 

Hay personas que no conciben llegar más allá de los 35 siendo solteras aún. Bizcochos y Lolitas desesperados corriendo tras el tren, en un afán desmedido por coquetear y concretar a toda costa. En la carrera vertiginosa de manosear y desprenderse de los sentimientos después de media noche si la realidad no superó la expectativa.Volver de los sentimientos una fiesta resulta fácil y banalizar toda relación se convierte en una práctica peligrosa.

 

No importa la edad, siempre es perfecto el momento para disfrutar del amor cuando este asoma.

 

Si tienes 20 años, lo que te queda es vida para ser feliz, para enamorarte, desengañarte y continuar: es la vida, si bien a esta edad el cuero es más resistente y hay infinidad de mariposas a la espera de volar, tampoco se trata de volver el amor un juego de suerte, no es un ir y venir de un lado para otro pateando corazones inadvertidos mucho menos remendando el tuyo cada vez que una cita te resulte fallida.

 

Si tienes 30 o 40 y sigues solo, no es tan grave, hay espacios obligados de la vida, momentos donde es necesario estar sin la necesidad de otro sujeto siempre que, en ocasiones, lo que hace es estropear ese conocimiento y búsqueda personal que con certeza todos nos merecemos.

 

Lolita, no te lances a los brazos de aquel hombre que, aunque no es tu felicidad “presientes que es el indicado para llenar el vacío existencial” que atribuyes a tu circunstancia. Quiere y respeta tu tiempo. Regálate el placer de saber elegir, de estar sola, de disfrutarnos sin la necesidad de alguien a nuestro lado.

 

Bizcocho, no vayas de un lado para otro profesando amores eternos, el discurso fácil se agota. A muchos se les vuelve paisaje narrar el cuento una y otra vez y, a las mujeres,  se nos vuelve patético cómo quedas en desventaja una y otra vez.


No está mal expresarle a tu pareja cuanta cosa le haga brillar los ojos y el corazón, sin embargo, desde mi punto de vista, resulta bastante atropellado y cómico ver cómo ese ”amor de mi vida” a la tercera o cuarta cita, de repente, se vuelve en algo tan sublime. No eleves el sentimiento hasta ese punto donde no sabes ni cómo se llama lo que experimentas, no confundas esa revoltura de sensaciones tan naturales y genuinas de la etapa frenética de la conquista.

 

Se trata entonces de darle una mirada a la forma de relacionamiento con el otro y con nosotros mismos. No está mal advertirnos, más desde nuestro amor propio, que solos también podemos.

 

Regálate la oportunidad de vivir contigo misma, de reírte sola y de abrazarte en la oscuridad, de repente cuando aparezca tu compañero tendrás una y mil formas nuevas de querer.

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