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¿Depender? Solo del aire

Ilustración por Julia Castelblanco @JuliaCastelblanco

“Y usted, ¿tan bonita y sin novio?”¿Habrá frase más irritante que esta? ¿Quién fue el que se inventó que una mujer hermosa no puede estar soltera? ¿Quién fue el que nos puso la estúpida cadena del compromiso y el peso de la dependencia a cuestas? Quien quiera que haya sido nos ha dejado una condena de la que ni siquiera hoy, en tiempos de mujeres súper poderosas, nos hemos podido librar.

 


 

Y es que después de tantas luchas por la reivindicación femenina -cuando las amas de casa son miradas con recelo, abundan las mujeres heroínas en todas las esferas sociales y se han alcanzado radicalismos de mal gusto como las feminazis- no hemos abandonado paradigmas culturales fuertemente marcados por el machismo, con exigencias para nosotras y para ellos, que solo puedo calificar como absurdos.

 


 

No hemos abandonado, por ejemplo, esa idea insensata de que la realización humana está basada en el hallar una pareja antes de los 30 años, -por lo menos ya avanzamos, a mi abuela le tocó a los 18-. También abundan aquellos, especialmente aquellas como embalsamadas desde la Edad Media, que consideran que si la mujer tiene la iniciativa en una relación es una la lanzada, una necesitada, una sinvergüenza, una fácil (para los que hablan con pudor) o más comúnmente, una zorra. ¿Pero por qué?, grito con impaciencia. Si me gusta un bizcocho, ¿tengo que esperar a que él vaya a hacerme visita en la sala y le pida mi mano a mis papás? ¡Me rehúso! y me rehúso también a qué me juzguen por tener las agallas de pedir un beso, de decir que me estoy muriendo de la traga o de aceptar en frente suyo que está tan bueno como puede. Me rehúso a las malditas conversiones sociales que me hacen depender de que el bizcocho tenga las suficientes pelotas para decirme que le gusto. Disculpen Lolitas pero ellos también tienen derecho a ser tímidos y yo, si estoy tragada, tengo el criterio para tomar mis propias decisiones y, si es del caso, lanzarme al rechazo: todas debemos enfrentarlo en algún momento.

 

 

Lo primero que se me viene a la cabeza cuando pienso en la dependencia femenina es en esa manía irritante de tantas mujeres de necesitar de la compañía otras para ir al baño… ¿acaso se les pierde el camino? Se me viene casi que por reflejo, tal vez porque es algo tan superficial que funciona como distractor para pretender que no conozco de primera mano la más peligrosa de las dependencias: la afectiva. Es que tenemos una necesidad, que sale como desde las entrañas, a buscar la seguridad y la estabilidad en la pareja. Y aunque debo aceptar que yo -como casi todo el mundo que ha sido partícipe en relaciones serias y duraderas- también he sido protagonista de esa película, me pregunto, ¿por qué no nos esforzamos mejor en encontrar, por nuestros propios medios, la estabilidad y la seguridad? ¿Por qué nos asusta tanto cargar con nuestros propios demonios? Qué tal si dejamos de insistir con cargar las vidas ajenas y encartar a los bizcochos amados con nuestros propios dramas. Tal vez si entráramos a las relaciones con estas premisas, como mujeres empoderadas e independientes, seríamos más amadas y estaríamos en mejor disposición para amar.

 

 

Y es que ser dependiente va mucho más allá de necesitar de tus amigas para vestirte, o para tomar decisiones como en cuál restaurante comer, qué accesorios combinan mejor, o cuáles son las palabras indicadas para enfrentar los dramas más tensionantes. Este es un asunto tan serio que no exime bizcocho alguno y no hay sujeto que se libre.

 

 

Aquí es bueno hacer una aclaración: ese cuento de la independencia es un poco ambicioso, porque si hablamos con exactitud, sabremos que nuestra naturaleza social nos condena a necesitar perpetuamente de los demás para sobrevivir.

 

 

Lo realmente preocupante es entender la dependencia ligada a la supervivencia emocional, a la resolución permanente de dramas, a la estabilidad, al bienestar, y lo más importante, a la felicidad. No hay que olvidar que esto está directamente relacionado con el rol que tradicionalmente hemos asumido. Por ejemplo, esa ‘ley’ que nos posiciona con el deber de llevar las riendas del lado emocional en las relaciones, lo que implica que los pobres bizcochos no pueden hablar o expresar abiertamente sus sentimientos y si lo hacen está en duda su inclinación sexual. Francamente, nuestros amigos del drama están en una posición privilegiada porque, aunque son juzgados de múltiples maneras por esta sociedad conservadora, no los acusan de débiles o cobardes por la simple necesidad de dejar fluir las cosas como son.

 

 

Entendamos Lolitas, el poder estar cuando asumimos que la independencia total es imposible y que depender de otros no nos completa. Por el contrario, solo en libertad se puede amar plenamente.

 

> Escrito por Lola Lunática

Comentarios (1)

  • Juan David Espinel

    Vi las palabras: lolas, empoderamiento y dije – timpica pagia femiista –
    Pero lei el articulo y me gusto… estoy de acuerdo que tenemos los mismos derechos y en total desacuerdo que utilicen la palabra “feminista” como o se debe, buscando solo beneficios para las mujeres.

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