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Los probadores de ropa le hacen daño a la autoestima

El daño que nos hacen los probadores de ropa

Los probadores de ropa le hacen daño a la autoestima
Cuando entres a los probadores, no sientas que hay algo malo en ti. Malo el que los diseña con la intensión perversa de rebajar tu autoestima para crear necesidad.

Ilustración por Ana Peralta

Si los probadores de ropa son el lugar donde tomamos la decisión de compra y es allí donde nos enfrentamos al temido espejito, espejito, ¿por qué parecen estar creados para destruir la autoestima?

Una mujer como tú o como yo, va a una tienda de consumo masivo a comprarse algo porque tiene una fiesta o simplemente porque sí. Llega muy contenta. Elige dos vestidos: se imagina en ellos. Una falda: hace rato que buscaba una así (la vio en Instagram). Una blusa: que combine con la falda. Hasta ahí todo bien. Luego entra al cuarto del terror: los probadores.

 

Si los probadores de ropa son el lugar donde tomamos la decisión de compra y es allí donde nos enfrentamos al temido espejito, espejito, ¿por qué parecen estar creados específicamente para destruir la autoestima?

 

Teniendo como base que hay tantos cuerpos como mujeres, que cada día intentamos que las marcas y la conciencia colectiva rompan los estereotipos y se den cuenta de que todas somos igual de valiosas y en todas hay belleza, es necesario abrir los ojos a que estas cadenas de ropa por montón quieren que todas nos sintamos igual, pero igual de tristes cuando nos miramos en SUS espejos.

 

¿Por qué? Hay tres ‘detalles’ que nos invitan sigilosamente a echarnos a llorar en los probadores.

 

PRIMERO:

La disposición de las luces acentúa las sombras y, por lo tanto, las ojeras, las manchas, la celulitis, los pliegues que existen y los que no.

 

Si estás aquí, quizá ya has empezado un trabajo de amor y aceptación hacia tu cuerpo y sabes que todas tenemos, los mal llamados defectos, que no son más que las cosas que pasan al tener que cargar con un cuerpo para todas partes.

 

Las ojeras, pliegues, rollitos y celulitis sí son normales, sí los tenemos y reconocer la variedad del cuerpo femenino no implica descuidar la salud. Ahora, ¿crees que es casualidad que la disposición de luces sea la misma en todos los probadores? (¡Jumm…!)

 

SEGUNDO:

Es una fórmula tan macabra como inteligente. Una mujer aburrida, triste e inconforme con su cuerpo va a querer comprar más. Creerá que su valor depende de la ropa, que solo tiene que cubrir esas ‘imperfecciones’ y listo.

 

Ojo, no hay nada de trágico en comprar ropa, amo las telas, pero como dicen por ahí: «No hagas mercado con hambre», pues no vayas a comprar ropa con hambre de autoestima porque, aunque no lo digan textualmente, el ambiente de las tiendas está pensado para que compres, no para que te sientas suficiente contigo. Sorry, pero pasa.

 

TERCERO:

Tiene más espacio el baño de un avión que algunos probadores. Entramos a ellos con doce ganchos coloridos, a ver si entre esos hay algo nos quede y, nomás al colgarlos, ya nos quedamos sin espacio para movernos. Entre la espada y la pared. (¿Será que también toca ‘hacer dieta’ para entrar a los probadores?)

 

No voy a tocar a fondo el Fast Fashion que tanto mal hace a la sociedad actual, a la mujer y a la clase trabajadora que intenta alimentarse de esa industria de sueldos miserables. Eso merece un artículo (libro/serie/telenovela/poema) completo. Vean The True Cost en Netflix.

 

Pero sí quiero hacer un paréntesis: muchas quisiéramos comprar solo a diseñadores locales, pero toca ser realistas, la economía, a veces, no da. A los diseñadores locales les cuesta más producir. A pesar de esto, podemos empezar a quitarle el poder al Fast Fashion comprendiendo que no es necesario tener todo lo que sale en las tiendas cada mes.

 

No hace falta que te compres una blusita cada que pasas por ya sabes qué tiendas. Compra acorde a lo que necesitas, compra por gusto también, por supuesto, pero no por tristeza.

 

Cuando dejes de comprar porque sí, verás que podrás hacer un huequito para una falda, una blusa o algo de un diseñador local. Estamos hasta la coronilla de encontrarnos en la calle a otra con el mismo vestido y que también pasó por el probador despiadado.

 

Aquí no hay moraleja porque esto no es un cuento. Quiero que, cuando entres a los probadores, no sientas que hay algo malo en ti. Malo el que los diseña con la intensión perversa de rebajar tu autoestima para crear necesidad.

 

Cuando era adolescente y compraba ropa en los almacenes del pueblo (Variedades Alba Nelly y cositas así), nunca me sentí mal, los probadores eran sencillos como los espejos de mi casa. Ahí no había nadie queriendo resaltar mis inseguridades.

 

Revelado el truco, el fantasma ya no da miedo. Ahora sabes que el problema es de los minicuartos con espejo que llaman probadores y no tuyo.

 

 

 

 

 

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