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Ilustración por Adriana Herrera @adr.herrera

El recuerdo más lindo que guardamos es ese tiempo en el que contábamos las horas para salir a jugar a la calle, en el que no nos mortificaban las calorías de un helado y lo saboreábamos sin temor a convertirnos en una bolita de grasa llena de amor, cuando estar despelucada y sin maquillaje era nuestro mejor look. Sí, mi querida Lola, esos son nuestros mejores recuerdos, los que atraviesan nuestra mente repletos de nostalgia.

 

De pequeña, los tacones de mamá eran mis mejores amigos para jugar ‘mamasita’, y el amigo de mi hermano mayor, ese ‘bizcocho’ eternamente platónico, era el papá del juego, por quien mis deseos de ser mas grande se intensificaban. Luego, empecé a contar los días para cumplir 15 años aunque siempre me dijeran: “No se acelere hija, que uno cumple 15 y los demás se van volando”. Pero si era taaan eterno llegar a esa edad, ¿por qué tendría que ser diferente después?

 

Y pues sí, así fue, tal cual como lo pronosticaron los papás. Por eso, a veces, me arrepiento de haber querido ser grande y quisiera ser una niña de nuevo para jugar con las barbies despeinadas que guardaba en el baúl. Extraño tanto ese pasado que busco consuelo en películas infantiles. Y, cuando se me pone el corazón pequeñito, abrazo a mi mamá hasta calmarme y quedarme dormida.

 

Sin embargo hay algo que es real y es que ya no soy una niña. Aquí estoy, ya mayor, confundida, llena de incertidumbre y desempolvando esos momentos; pero eso sí, aprendiendo, con miras a un no-sé-cómo-voy-a-lograrlo, pero sí a un sé-dónde-quiero-llegar.

 

Mis lolitas hermosas, cuando caminamos en contravía de lo que pide el mundo, la confusión y el hecho de regresar involuntariamente a viejas épocas es normal. Por ahí también dicen que siempre se regresa a aquellos lugares en donde se amó la vida. En medio de tanto caos y las exigencias que se vuelven cotidianidad, hacemos cosas por inercia y hasta inconscientemente colocamos nuestra felicidad en hombres o en el bolso que no podemos comprar que nos sonríe desde la vidriera seductoramente.

 

Hagamos un alto chicas. Vamos a ponerle un stop a la cuestión. Sí, deliciosa la sensación de comprar esa blusa que con B de bueno-que-el-mundo-es-mío y no estaría mal un Adam Levine en nuestras vidas (o en nuestra cama) y qué bueno sería regresar a nuestra niñez, pero tenemos que encontrar la belleza en esto que somos ahora, en este cúmulo de crisis existenciales periódicas y comencemos a darle prioridad a esa ‘bizcochita’ que vemos en el espejo.

 

Para eso es la vida, para sentirla, para empezar de nuevo las veces que sea necesario, pero ahí está el truco: empezar de nuevo. Siéntete orgullosa de ser una Lola confundida, disfruta esos instantes sin perder tu alma de niña y cuando sea la hora, tu mente estará más clara que nunca.

 

Aún soy joven y me queda un largo trayecto. Tengo en mi cabeza un sinnúmero de pensamientos que no sé ni a cuál prestarle atención. Es más, hay cosas que ni sé por qué pienso, como lo impactante de la ruptura de Bratt Pitt y Angie, o Bella Thorne en drogas. Pero en medio de tanto enredo, sé que puedo empoderarme del presente y hacer de la pequeña que tanto jugaba a ser cantante y profesora, una mujer enorme.

 

Hay 6 palabras de una canción que me encanta y quiero compartírselas antes de despedirme: “I gotta have roots before branches”. Te invito a tenerlas presente antes de ponerte el rímel y salir de casa.

> Escrito por Sara Pérez
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